Sobre mí

Me llamo Emiliano Corona Quijano.

Desde muy joven quise entender por qué el mundo real se deteriora de la manera en que se deteriora, por qué ciertas formas de vida se vuelven inviables mientras otras se imponen como si fueran inevitables, y por qué tantas veces las explicaciones disponibles resultan demasiado pequeñas frente a la magnitud de lo que tenemos enfrente. Esa inquietud no nació como una preferencia académica aislada, sino como una forma de mirar: una atención temprana hacia la flora, la fauna, los eventos naturales, la contaminación urbana, la destrucción del medio rural y, sobre todo, hacia la relación entre los problemas ambientales y las estructuras sociales, económicas y políticas que los producen. En el texto que escribí para ingresar a la Licenciatura en Ciencias Ambientales ya estaba esa intuición de fondo: que no bastaba con amar la naturaleza, que había que estudiar, observar, analizar y proponer soluciones frente a las formas concretas de deterioro del mundo.  

Estudié Ciencias Ambientales en la UNAM, y esa formación me marcó profundamente no solo por los temas que abordaba, sino por la manera en que estaba concebida. Era una carrera pensada desde la integración, desde la insuficiencia de las aproximaciones disciplinarias convencionales para entender la complejidad de los sistemas socio-ecológicos, y desde la necesidad de articular ciencias naturales, ciencias sociales, geografía, tecnología, métodos analíticos y procesos de investigación en torno a problemáticas del mundo real. No se trataba de elegir entre ecología o política, entre biofísica o sociedad, entre territorio o cultura, sino de aprender a ver cómo todo eso se entrelaza en la realidad.  

Ahí fue también donde la filosofía de la ciencia se volvió central para mí. En Investigación Científica I y II no vimos solo técnicas o formatos de investigación, sino preguntas más hondas sobre qué significa conocer, bajo qué supuestos opera la ciencia, cómo cambian los paradigmas, qué relación existe entre método, escepticismo, complejidad y construcción del conocimiento. Kuhn, Popper, las revoluciones científicas, la crítica al inductivismo, la relación entre ciencia básica, ciencia aplicada y desarrollo tecnológico, así como el estudio de los sistemas complejos y la investigación participativa, dejaron en mí una huella duradera. Me enseñaron a desconfiar de las explicaciones demasiado limpias, a no tomar por neutral lo que en realidad está atravesado por supuestos históricos y epistemológicos, y a entender que muchas veces el verdadero problema no es solo qué sabemos, sino cómo aprendemos a mirar.  

Después estudié Gestión y Desarrollo Interculturales en el CEPHCIS-UNAM, y ahí esa búsqueda se abrió todavía más hacia las humanidades y las ciencias sociales. Profundicé en diversidad cultural, políticas interculturales, etnografía, fenomenología, filosofía orientada a las problemáticas del mundo real, construcción de identidades, representaciones del mundo, sociopolítica de la diversidad, territorio, memoria, justicia y relaciones entre comunidades, Estado y formas de vida. Ese trayecto me permitió entender con más claridad algo que ya intuía: que no existe problemática ambiental que pueda pensarse de verdad si se la separa de la cultura, del poder, de la historia, de la identidad, del lenguaje y de las formas en que distintas sociedades construyen sentido sobre el espacio, el tiempo y la vida colectiva.  

Con los años he trabajado en investigación, gestión ambiental, evaluación de impactos, coordinación de proyectos, comunicación y producción audiovisual. He estado cerca de instituciones, comunidades, procesos técnicos, diagnósticos, expedientes, imágenes, conflictos y decisiones donde lo biofísico nunca aparece limpio de lo político ni lo social se deja entender sin su dimensión material. Pero más que enumerar experiencias, lo que me importa decir aquí es otra cosa: que mi trabajo y mi escritura nacen del intento de no mutilar la realidad para volverla más cómoda.

Desasosiego nace precisamente de ahí.

De la necesidad de pensar sin simplificar demasiado. De la necesidad de sostener juntas dimensiones que con demasiada frecuencia son separadas: naturaleza y sociedad, ciencia y experiencia, ecología y cultura, territorio y subjetividad, conocimiento técnico y saberes situados, crisis ambiental y estructura de poder. Nace también de la certeza de que el lenguaje con el que hablamos del deterioro importa, porque una parte del problema contemporáneo consiste en que hemos aprendido a nombrar la devastación de maneras que la vuelven tolerable, administrable o incluso invisible.

Escribo porque necesito pensar, pero también porque no me resigno a que el pensamiento quede capturado entre la tecnocracia, la consigna y el espectáculo. Me interesan los sistemas complejos, la crisis ecológica, el territorio, la memoria, las formas de colapso, la diversidad cultural, la identidad, la comunicación y las posibilidades de transformación. No como temas sueltos, sino como procesos que se entrelazan, se afectan y se reorganizan mutuamente.

Escribo desde México, desde sus montañas, sus ciudades, sus fracturas, sus promesas incumplidas, sus territorios en disputa, su riqueza biocultural y sus desigualdades persistentes. Escribo desde la convicción de que la ciencia no tendría por qué vaciarse de sensibilidad, y de que la experiencia vivida no tendría por qué renunciar a pensar con rigor. Escribo porque me interesa acercarme, aunque sea un poco, a la forma en que están hechas las heridas del mundo y a las condiciones bajo las cuales todavía podría imaginarse algo distinto.

Eso, quizá, es lo más cercano que puedo decir sobre mí.

No una presentación cerrada.

No una identidad terminada.

Más bien una forma de atención: una manera de seguir mirando las interrelaciones del mundo real incluso cuando lo que aparece en ellas no tranquiliza, sino inquieta.