Entre la tradición y la ecología
En Tepoztlán hemos vuelto a mirar el cerro con angustia.
No como quien contempla un paisaje, sino como quien observa una herida abierta. El humo baja hacia las casas, se mete en la garganta, arde en los ojos, se instala en el pecho. En el monte, brigadistas y voluntarios suben con el cuerpo al límite, muchas veces con equipo insuficiente, tratando de contener llamas que avanzan con una violencia que ya no parece excepcional, sino cada vez más habitual. Lo que se quema no son solo hectáreas: se quiebra también una relación entre comunidad, territorio y memoria.
Cada temporada de incendios deja la misma pregunta suspendida en el aire: ¿por qué estos fuegos son tan grandes, tan intensos, tan difíciles de controlar?
Responderla exige romper una simplificación muy arraigada: la idea de que todo fuego en el bosque es necesariamente un enemigo. Esa intuición, comprensible desde el miedo, es también insuficiente. Porque en muchos ecosistemas, incluido el mosaico ecológico que rodea a Tepoztlán —bosques de pino-encino, matorrales, selva baja caducifolia en zonas más cálidas— el fuego no ha sido solo destrucción. También ha sido, históricamente, parte del equilibrio. En el texto base, esto aparece con claridad: ciertas semillas requieren calor o ceniza para germinar, la materia orgánica quemada devuelve nutrientes al suelo, algunos fuegos de baja intensidad pueden reducir plagas y ayudan a evitar acumulaciones peligrosas de combustible vegetal.
Esto no significa romantizar el incendio. Significa entenderlo ecológicamente.
Durante siglos, muchos paisajes evolucionaron con fuegos pequeños y periódicos: rayos, quemas localizadas, prácticas humanas cuidadosas. Ese fuego de baja intensidad limpiaba hojarasca, abría claros, renovaba ciclos, evitaba que el bosque se convirtiera en una trampa cargada de material seco lista para explotar. El problema no es simplemente el fuego. El problema es el tipo de fuego, su intensidad, su frecuencia, su contexto, y la forma en que una sociedad se relaciona —o deja de relacionarse— con él.
Aquí entra una dimensión que en México suele invisibilizarse: el conocimiento campesino y comunitario.
Por generaciones, muchas comunidades supieron cuándo, cómo y dónde quemar sin convertir el fuego en catástrofe. Supieron leer el viento, la humedad, la pendiente. Supieron proteger nacimientos de agua, zonas sensibles, bosque más conservado. Supieron insertar el fuego dentro de calendarios agrícolas y de una lógica territorial mucho más fina que la de una prohibición abstracta impuesta desde arriba. En tu texto original, esta idea es central: existían quemas prescritas o controladas, vigilancia, cortafuegos, protección de áreas delicadas y un saber práctico acumulado por comuneros, campesinos y pueblos de la región.
Pero ese saber fue perdiendo legitimidad.
Durante décadas, muchas políticas públicas optaron por una visión simplista: “cero fuego”. Bajo esa lógica, se dejó de distinguir entre el uso criminal del fuego, el descuido, el cambio de uso de suelo y las quemas tradicionales hechas con conocimiento y responsabilidad. El resultado no fue un bosque más seguro. Fue, muchas veces, un bosque más cargado, más seco, más vulnerable. En otras palabras: al intentar expulsar al fuego por completo del paisaje, terminamos favoreciendo condiciones para incendios mucho más devastadores cuando finalmente ocurren. Tu texto lo formula de manera muy clara: la criminalización indiscriminada de la quema contribuyó a la acumulación excesiva de material combustible, haciendo que hoy los incendios sean más grandes e incontrolables.
A esto hay que sumar la crisis climática.
Las sequías prolongadas, las ondas de calor, los cambios en los regímenes de humedad y los vientos intensos convierten cualquier chispa en un peligro ampliado. Pero tampoco ahí termina la historia. En Tepoztlán, como en tantos otros lugares, el fuego no puede leerse solo desde la biología o la meteorología. También hay que leerlo desde la política del territorio: presión inmobiliaria, especulación con la tierra, turismo desordenado, descuidos, falta de prevención, abandono institucional, debilidad de la vigilancia y, en algunos casos, incendios provocados con fines de cambio de uso de suelo. En el texto original aparece justamente esta advertencia: no basta con culpar a “los campesinos”; hay un sistema complejo donde intervienen políticas deficientes, intereses inmobiliarios, turismo mal informado y cambio climático global.
Por eso los incendios en Tepoztlán no son solamente un problema forestal. Son un síntoma.
Hablan de una fractura más profunda entre territorio, gobierno, comunidad y conocimiento. Hablan de lo que ocurre cuando se pierde la memoria ecológica de un paisaje. Hablan de lo que pasa cuando una montaña deja de ser comprendida como un sistema vivo y se convierte solo en fondo escénico, reserva de valor inmobiliario o postal turística.
Apagar el incendio, por supuesto, es urgente. Nadie sensato negaría eso. Pero apagarlo no resuelve su causa.
Cuando la última llama cede y el humo se dispersa, empieza el trabajo difícil: el que no produce titulares inmediatos, el que no se resuelve con heroísmo de temporada, el que exige organización, confianza, formación y visión de largo plazo. Tu texto propone con razón varias líneas de acción: brigadas comunitarias, capacitación en quemas controladas, planes territoriales de manejo del fuego, mapeo de zonas de riesgo, articulación entre saber campesino y asesoría técnica, reglas para impedir cambio de uso de suelo postincendio, y educación ambiental con participación comunitaria.
Ese es el horizonte correcto: manejo integral del fuego.
No una guerra ciega contra todo incendio. No una permisividad irresponsable. Sino una estrategia madura que reconozca que hay fuegos destructivos y fuegos ecológicamente comprensibles; que distinga entre crimen, negligencia y manejo territorial; que devuelva dignidad al conocimiento local; que articule ciencia, experiencia comunitaria e instituciones públicas; y que asuma que prevenir no es menos importante que apagar.
Tepoztlán necesita brigadas, sí. Necesita equipo, sí. Necesita vigilancia y sanción para quienes dañan el territorio, también. Pero necesita algo más difícil y más profundo: reconstruir una cultura del fuego que no parta del miedo puro ni del castigo indiscriminado, sino del conocimiento.
Eso implica volver a escuchar a quienes supieron leer el monte antes de que el discurso tecnocrático o la especulación territorial pretendieran administrarlo todo desde la distancia. Implica también aceptar que el bosque no es un decorado inmóvil, sino un sistema dinámico, vulnerable y vivo. Y que cuidarlo exige algo más que buena voluntad ocasional: exige comunidad organizada, inteligencia ecológica y memoria histórica.
Tepoztlán no puede darse el lujo de olvidar esto otra vez.
Porque cada incendio deja ceniza sobre el suelo, pero también deja una pregunta política y ética sobre nuestra manera de habitar el territorio. Si el fuego se vuelve cada año más grande, más violento, más incontrolable, entonces no estamos frente a una fatalidad natural. Estamos frente a una forma de abandono.
Y el abandono también arde.